Sheyla Lageyre López
Un tubazo, un tubazo, mami dime si tú
quieres un tubazo… ¿Qué composición es esa? ¿Qué fémina se sentiría halagada
con una expresión tan vulgar? ¿Qué ha sucedido con la calidad musical de estos
tiempos?
Estas y muchas otras preguntas afloran
a la palestra pública cuando se escuchan letras con este mismo formato en la
música, que hoy en día, está en la cima de los gustos juveniles.
Un tema, que aunque bastante abordado
ya, hace que mi abuela aún lance improperios al cielo y asevere que la juventud
está perdida.
Ella, que recuerda a César Portillo de la Luz, a José Antonio Méndez y a Lino Borges, no comprende cómo una muchacha puede llegar a sentirse acomplejada “si no fuma”, “si no toma” y “si no se la da”.
Ella, que recuerda a César Portillo de la Luz, a José Antonio Méndez y a Lino Borges, no comprende cómo una muchacha puede llegar a sentirse acomplejada “si no fuma”, “si no toma” y “si no se la da”.
Esto nos demuestra hasta donde ha
descendido la moral gracias al “famoso” reggaeton que para su composición no
necesita más que una computadora con un único background y alguien que -aunque
no sepa articular correctamente palabra alguna- pueda rimar limón con camión.
Aunque somos conscientes de que los
tiempos cambian y que las actitudes de las generaciones se circunscriben a las
condiciones que les toca vivir, no podemos perder de vista los tan evocados
valores, que no solo corresponden al entorno familiar, sino también a lo que
consumimos a nivel comunicacional.
Y en esta lucha por la reconquista de las buenas costumbres, la música como uno de los productos más recepcionados, es un arma de gran valía porque mediante ella no solo se transmite un mensaje casi siempre eficaz, sino que se establece una conducta. Observemos cómo visten los jóvenes y a qué cánones obedecen. Es simple: a las ropas del Príncipe y a los peinados de Osmani García.
Y en esta lucha por la reconquista de las buenas costumbres, la música como uno de los productos más recepcionados, es un arma de gran valía porque mediante ella no solo se transmite un mensaje casi siempre eficaz, sino que se establece una conducta. Observemos cómo visten los jóvenes y a qué cánones obedecen. Es simple: a las ropas del Príncipe y a los peinados de Osmani García.
La crítica no es para que desaparezca
el género, sino para moderar el contenido de sus canciones, para que las
mujeres dejen de ser simples símbolos sexuales y las letras dejen de enunciar
tan impúdicamente el acto más íntimo de la pareja.
Abogamos por una vuelta al
romanticismo, por un poco más de poesía, por un ápice de amor al componer.
Aspiramos a que la música escale un poco más en la anatomía humana, que deje de
viajar hacia el sur del ombligo y vuelva a convertirse en la voz del corazón.


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